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El Libro de los Muertos era un texto con el que
los egipcios se enterraban, e incluía fórmulas y
detalles de lo que ellos creían que les iba a
suceder tras su muerte. Se conservan, con sus
dibujos y el texto en jeroglífico sobre el papiro,
en algunos museos del mundo.
Este libro representa, un viaje, el último viaje del
muerto hacia la esperada vida después de la muerte.
EL LIBRO DE LOS MUERTOS
Si había un tema que obsesionaba especialmente a
los antiguos egipcios, era la muerte. Es obvio decir
que el tema de la muerte es una preocupación
universal, y hay algunos pensadores que definen a
la especie humana como la única capaz de
preguntarse por su existencia: si al final morimos,
¿para qué vivimos?
Papiro de Ani, la versión más conocida del Libro de los muertos. Se calcula que fue
escrito durante la dinastía XIX (museo Británico de Londres) hacia el año 1300 a. C.
Historia © 2025
Simon Ibarretxe
Momia del faraón Ramsés II
Es por eso que los egipcios consideraban que no
existía cosa más importante que la consecución de
la vida eterna y para lograr esto, hacían todo lo
que estuviera a su alcance para poder conseguirlo.
La concepción de la muerte en la cultura del antiguo
Egipto, a diferencia de la nuestra, se caracterizaba por
idear a la muerte como la prolongación de la vida en el
más allá, es decir, la muerte no es el fin de la vida, sino
es la transformación de ésta para alcanzar la vida eterna.
Rito sagrado de la momificación con Anubis.
El libro de los muertos pretendía ayudar al difunto
en su difícil camino al Más Allá y en el juicio de
Osiris. Su título original podría traducirse como “la
salida al día”. La muerte no era mas que un
renacimiento, al igual que el sol sale cada día, así el
difunto accedía a un nuevo renacer.
EL LIBRO DE LOS MUERTOS
Su origen se encuentra en los textos de las
pirámides del reino antiguo( textos religiosos
grabados en las paredes de las pirámides de
reyes y reinas a partir de la V Dinastía).
El papiro con las fórmulas adecuadas para
ayudar al alma del difunto se depositaba junto
a la momia, en la tumba. También se escribían
pasajes del libro en los ushebtis.
Pero el libro no sólo comprende fórmulas para
superar el juicio de Osiris, sino también
pasajes para que el difunto reconozca a los
dioses que le serán favorables o para que
pueda orientarse en su viaje por “las 12
Regiones de la Duat”. Eran los sacerdotes-
lectores los encargados de leer ciertos
pasajes de el Libro vueltos hacia la momia.
En el Antiguo Egipto pensaban que al morir
comenzaban un viaje hacia el más allá para
empezar una nueva vida y por eso cuando los
faraones o personas importantes morían, en lugar
de enterrarlas rápidamente, les hacían muchas
cosas para conservar su cuerpo y que pudieran
comenzar una nueva existencia.
Amuletos
mágicos
Vendas de
lino
Sacerdote con
la mascara de
Anubis
Vasos
canopes
Rito de la momificación
Yo no soy un hombre. Soy un dios. Ahora
te hablo desde mi casa de los muertos,
donde estaré por toda la eternidad,
disfrutando de la compañía de los dioses,
de los otros dioses. Es verdad que tuve
una vida mortal. Que tuve un padre, el
faraón Seti, de quien aprendí a ser rey, y
una madre, mi queridísima Tuya.
Yo, Ramsés II, conductor de
millones de hombres, faraón
de Egipto durante 67
crecidas del Nilo, al que los
dioses concedieron vivir 92
crecidas del Nilo para luego
tenerme con ellos.
Adaptación del Libro de los Muertos del más
grande de los egipcios, Ramsés II, el Grande.
Llegó el día en que mi
cuerpo mortal es ahora un
alma inmortal que vive en el
reino de Osiris, dios de la
oscuridad y de los muertos,
Señor de Ultratumba.
EL LIBRO DE LOS MUERTOS DE RAMSÉS II
Una vez preparado, me transportaron
hasta la que iba a ser mi última morada en la
tierra, allá, en el Valle de los Reyes, frente a
la ciudad de Tebas. En ese estrecho y seco
valle, fácil de vigilar, ya descasaban mi
padre, el bienamado Seti, y mi abuelo, el que
inició nuestra dinastía, Ramsés I.
Muchos lloraron mi muerte. Los
sacerdotes más puros me
embalsamaron, me perfumaron, me
envolvieron en finas vendas de lino.
Cartucho Real de Ramsés II
Barca sagrada de Horus
Me transportaron en un carro con forma de
barca, pues tendría que atravesar el mar que
nos separa del Otro Mundo, así me conducían
por los polvorientos caminos.
Aunque la mujer que más quise, Nefertari la hermosa, hacía ya tiempo que se me había adelantado en
este viaje. Lloraban las mujeres y descubrían sus pechos y se arrancaban los cabellos en señal de dolor.
Lloraban mis sirvientes mientras cargaban con las ofrendas que iba a llevar a los dioses.
Lloraban mi esposa Isisnofret, que me dio el hijo
que me sucedería; mis dos hijas, con las que me
casé cuando llegaron a la edad fértil; y la princesa
del los hititas con la que me uní para que nuestros
pueblos firmaran una alianza duradera.
Relieve de la barca sagrada de Seti
I, padre de Ramsés II, en Abidos.
La barca es una de las imagines mas
representadas en templos funerarios
y tumbas porque se creía que se
viajaba en barca por el inframundo.
Antes de encerrarme en la tumba, los sacerdotes
realizaron una última ceremonia, llamada “de la
apertura de la boca”: derramaron líquidos
purificadores y tocaron mi boca con un objeto sagrado,
así pude recuperar mis sentidos y hablaros desde aquí,
desde el Reino de los Muertos.
El sacerdote se dirigió a mí, diciendo: “He
venido a liberarte, hijo de Horus, dios
protector de los faraones. La boca estaba
cerrada pero ahora se abre, los ojos ya no
veían, pero ahora sí lo hacen. Horus, abre
la boca; Horus, abre la boca”.
Los antiguos egipcios creían
que para que el alma de una
persona pudiera sobrevivir
en la vida futura necesitaría
comida y agua. Para ello,
preparaban un ritual especial
de "Apertura de la boca"
cuyo objetivo principal era
que el fallecido pudiese
comer y beber de nuevo en la
otra vida.
Mediante este rito se
devolvía al difunto el uso de
la boca y los ojos, las
facultades por las que se
manifiesta la vida.
Se utilizaban lo que llamaban
“Azuela de Upuaut” con la
que abrían la boca del alma
para que pudiera digerir el
alimento necesario para el
desconocido viaje de retorno
a la otra vida.
“El muerto ahora hablará y caminará, y su cuerpo disfrutará de la compañía de todos los
dioses”. El dios con cabeza de chacal, Anubis, encargado de los rituales relacionados con
las momias y la muerte, me acogió entre sus brazos. Un escalofrío recorrió mi cuerpo
seco. Ya estaba listo para entrar en lo profundo.
Adoré entonces al dios Ra, dios del Sol, en su
triple forma: como el escarabajo Kephri, que lo
representa cuando aparece por el este todas las
mañanas; como el disco solar del mediodía; y
como el dios con cabeza de carnero, Athum, que
encarna al sol de la tarde, antes del ocaso. Así
como el sol aparece y destruye las tinieblas, así
yo mismo acabé con mis enemigos, y así mi
muerte significa nueva vida.
Pero después del día viene la noche, y después de la
vida viene la muerte. Por eso también le recé a
Osiris, dios del Más Allá, señor de la doble corona,
esposo de Isis, padre de Horus, rey de los muertos.
Continué mi camino junto a Anubis, que me llevó a una
amplia sala donde me esperaba una prueba definitiva.
En el centro de la habitación una balanza esperaba para
pesar mi corazón, el órgano donde residen los
sentimientos y la inteligencia, y que resume todo lo que
hemos sido como personas.
Creedme si os digo que yo, Ramsés II, hijo de Seti, conductor de millones de hombres, que nunca dejé de
agradecer a los dioses todo lo que en mi larga vida me dieron, yo mismo, no podía dejar de mirar a la bestia
Amemit, en parte cocodrilo, en parte león, en parte hipopótamo, dispuesta a devorar mi corazón y lanzarme
al infierno si el peso de mis buenas acciones no era suficiente.
En el otro plato, colocarán la pluma,
símbolo de la diosa Maat, diosa de la
justicia y del orden universal.
Ambos, corazón y pluma deben
estar equilibrados para poder
alcanzar el reino de Osiris.
Anubis, con cabeza de chacal,
dios de la momificación. Thot, con cabeza de ibis, dios de la
sabiduría, lleva una paleta escrita.
Balanza de
Thot.
Anubis pesa
las almas.
Tribunal de Osiris.
Difunto Devorador de
difuntos.
Horus, con cabeza de
halcón, dios del cielo.
Osiris, dios del
mundo subterráneo.
Corazón del
difuntos.
Pluma de la
justicia de Maat.
Anubis colocó el corazón y la pluma encima de la balanza; un mandril, símbolo solar, ayudaba a
la operación. Isis y Neftis contemplaban ansiosas el resultado. Cuando el dios con la cabeza
del pájaro, Thot, dios de la escritura y la inteligencia, anotó el resultado, en la sala podía
cortarse el silencio. Así escribió Thot, dios de los escribas:
“Ramsés II, hijo de Seti, faraón
y señor de Egipto, ha tenido una
vida justa y conforme a la
voluntad de los dioses.”
Toda la luz de los dioses iluminó mi alma al escuchar estas palabras. Había superado
la prueba decisiva, ahora podría acceder por toda la eternidad a la morada de los
dioses, a la gloria infinita. Los dioses testigos, sentados enfrente de mí, asintieron
solemnemente y confirmaron lo dictaminado por Anubis y Thot.
Si el difunto no superaba el pesaje de su
alma era arrojado a las fauces de una fiera
y no disfrutaba de la vida en el mas allá.
Ya era otro. Ante mis ojos se repitieron las miles de ceremonias que había presidido para mayor
gloria de los dioses, ofrendas, sacrificios de vacas, toros, ovejas, patos, desfiles y procesiones,
rezos sin fin en honor de Ra, de Horus, de Osiris, de Ptah.
No hay dios que pueda sentirse perjudicado,
ni siquiera los dioses extranjeros, pues
favorecía el culto a dioses fenicios y asirios.
Siempre quise sumar energías y fuerzas.
Aliviado, alegre, orgulloso, mi dios Horus, el hijo de Osiris,
el dios sagrado de los faraones, me llevó de la mano hacia
su padre, y le dijo: “Vengo a ti a hablarte de Ramsés,
padre. Su corazón es justo, la balanza lo ha dicho. Señor
de Occidente, allí donde se pone el sol y reinan las
tinieblas, no hay mal en el interior de Ramsés”.
No es posible explicar el orgullo al oír hablar
al dios Horus, jamás dudé de mi
comportamiento, pero jamás sentía mayor
emoción. ¿Cómo podría contaros a vosotros,
pobres mortales, lo que significa caminar con
un dios, formar parte de su mundo?
Osiris me señaló el camino, la ruta que
debía seguir, pero ahora su aliento me
acompañaba, todo estaba donde debía
estar, y mi fortaleza era completa.
Caminaba solo, cruzaba pasillos y desiertos,
marismas y habitaciones, pues el Reino de los
Muertos no puede describirse con palabras
propias del mundo de los vivos.
Llegado un momento, encontré una puerta cerrada, y a su
lado, los dioses guardianes, armados con temibles
cuchillos. Delante de todos, recité la fórmula mágica que
Osiris me había enseñado y pude entrar.
Creedme si os digo que gracias a mi fe pude sortear todas las pruebas, y así aprendí a respirar el aire del
mundo de los muertos, y beber su agua, y comer sus alimentos. Mi señor Osiris me enseñaba y guiaba en
este mundo nuevo. Todo lo que el río Nilo podía ofrecer aparecía ante mí multiplicado por una, diez, cien mil
veces. Todo era abundancia y generosidad, las mejores cosechas, las comidas más elaboradas, los animales
más bellos, los peces más numerosos, el sol más caliente y las noches más hermosas, nada de lo que
vosotros veis podría compararse a la plenitud del mundo de los dioses.
Pero el mundo del Más Allá no se agota en sí mismo. También aprendió mi alma, con forma de pájaro, a salir
y entrar de mi cuerpo momificado. Todos los que hemos superado las pruebas, los puros de corazón,
tenemos la posibilidad de volver a vuestra tierra imperfecta. Así puedo salir de entre los muertos y volver
al cielo y sentir los rayos generosos de Ra. Mi alma entonces puede moverse con sus alas allá donde desee,
de los muertos a los vivos, allí donde tú todavía vives. Luego, puedo volver a mi tumba donde Osiris me
espera como el hijo suyo que ahora soy.
Para todo esto, es necesario que mi cuerpo se conserve intacto, y mis visitas a vuestro mundo se dirigen
con frecuencia hacia los restos que quedan de mi cuerpo mortal, en esa ciudad que hoy llaman El Cairo. Allí
se conserva mi momia, tal cual la trataron mis sacerdotes, y de los cuales, en cambio, apenas queda nada.
Llevo tres mil quinientos años cuidándola de bandidos, ladrones de tumbas, saqueadores, enemigos de Ra,
animales sin nombre: todos ellos fueron devorados por la Bestia.
“Estudio de una momia por el
doctor Fouquet”. Paul
Dominique Philippoteaux, 1891.
¿Quién fue Ramsés II?
Ramsés II entronizado en una escultura del
templo de Luxor, en Tebas. Ramsés se hizo
representar en estatuas colosales, que se
ubicaron en diversos templos donde se le rindió́
culto como a un dios.
¿Un dios sobre la Tierra?
¿Un dios entre los dioses?
Hasta once faraones se llamaron Ramsés en el Antiguo Egipto,
dos de la dinastía XIX y nueve de la XX.
Aunque su esposa Nefertari ocupó un
lugar de honor a su lado, Ramsés
II tuvo una lista interminable de
mujeres y amantes, además de una
abultada descendencia.
Ramsés II fue el tercer gobernante de la Dinastía XIX y el
faraón más célebre de la Época Ramésida, gobernó durante 66
años en el marco del Imperio Nuevo.
Detalle del rostro de
Nefertari grabado en una
de las paredes de su tumba
en el Valle de las Reinas,
considerada una de las más
bellas de Egipto.
Ramsés II ha pasado a la historia como un gran constructor. Su reinado nos ha legado monumentos tan
impresionantes como el Ramesseum, su templo funerario en la orilla occidental de Tebas, y los grandes
templos de Abu Simbel, dedicados a su esposa Nefertari y a sí mismo, en tierras de Nubia. Amplió tanto
el templo de Luxor como el de de Karnak en Tebas. Su legado arqueológico es la mejor muestra de la
vanidad sin límites de un faraón obsesionado con dejar su sello para ser recordado en los siglos venideros.
Durante su reinado, Egipto floreció cultural y
científicamente, además construyo
monumentos de dimensiones colosales.
Es considerado uno de los faraones guerreros más exitosos del antiguo Egipto, llevando a cabo no menos
de 15 campañas militares. Fue un consumado militar, destacando su participación frente a los hititas en la
batalla de Qadesh (1274 a.C.). Algunos años después de la famosa batalla de Qadesh que enfrentó a
egipcios e hititas por el control del Próximo Oriente, el faraón Ramsés II y el rey hitita Hattusili III
firmaron un acuerdo de paz entre ambas naciones, que hoy en día está considerado el primer tratado de
paz de la historia del que se tienen registros.
El Ramesseum, templo funerario de Ramsés II en la orilla
occidental de Tebas, dedicado al culto del soberano fallecido.
Sala interior con cuatro pilares en Abu Simbel.
El gran templo de Abu Simbel. Cuatro
colosos entronizados de Ramsés II (entre 18 y
21 m. de altura), presiden la entrada al templo
excavado en la roca caliza. Dedicado al dios
solar Ra Horakhty (Horus del horizonte, dios
solar) y al propio faraón divinizado, el templo
es un recordatorio del dominio egipcio sobre la
conquistada tierra de Nubia.
El templo de Nefertari. Ramsés II dedicó el Pequeño
Templo de Abu Simbel a la Gran Esposa Real Nefertari y a
la diosa Hathor. En la fachada, de una anchura aproximada
de 24 m, se alternan las estatuas colosales del faraón y
de la reina, excavadas en la roca y casi del mismo tamaño.
Están separadas por contrafuertes en talud que las
encajonan formando nichos de casi 10 m de altura.
Son dos edificaciones excavadas en la
roca que combinan el templo y el
hipogeo (Speos, en griego "cueva").
Estatuas colosales de Ramses II (más de veinte metros de
altura) flanquean la entrada. En lugar de ser estatuas exentas
que preceden al pilonos son altos relieves
El marco superior
presenta jeroglíficos
Cerca de los pies de los colosos, hay otras estatuas que no llegan a la
altura de las rodillas del faraón. Estas representan a diversos
miembros de la familia del faraón, como su esposa principal Nefertari
Dos imágenes del rey adorando a
Ra-Horajti con cabeza de halcón
en una gran nicho central.
Speos: combinación de
templo e hipogeo,
perforada en la roca.
La fachada tiene 33 metros de
altura por 38 metros de ancho
El templo tiene una profundidad de 65 m. En la sala del fondo hay cuatro estatuas de Ptah, Ramsés, Amón y
Re-Horakhte. Las dos del centro son iluminadas directamente por el sol del amanecer los días 20 de febrero
primer día del shemu: recolección de la cosecha) y 20 de octubre (primer día de la estación del peret:
germinación de la semilla). Esta perfectamente orientado hacia el este.
Pilono en forma de talud
excavado en la roca para
aumentar efecto de
lejanía (perspectiva)
Friso de 33 babuinos
adorando al sol
Estatuas de la madre,
esposas e hijos de
Ramsés a menor escala
Esta enmarcado por dos
contrafuertes oblicuos
Estatua de Ra-Horakhte
divinidad del templo en el
centro, sobre la entrada.
La sala hipetra precede al
pilono, al ser imposible
hacerlo en el interior el
patio porticado
Gran speo de Ramsés II. 1274 a.C.
Ramsés II, como Khonsu, entre los dioses
Amón y Mut. Escultura en granito rosa.
Museo Egipcio, Turín.
Ramsés II no quiso esperar a su
muerte para gozar del privilegio de la
divinidad y convertirse, en vida, en un dios
en la tierra. La ambición de Ramsés II
hizo que quisiera equipararse a los dioses
del panteón egipcio. Su figura se
representa a menudo entre dos deidades.
Durante el Imperio Antiguo, el padre divino de los faraones
fue el dios solar Ra, que en el Imperio Nuevo, a partir de la
dinastía XVIII, fue reemplazado por el dios Amón de Tebas.
Sin embargo, la paternidad divina de Ramsés II se la
repartían dos dioses: Amón y Ptah. En los relieves del gran
templo de Abu Simbel, donde se narra la famosa batalla de
Qadesh librada por Ramsés contra los hititas, se destaca el
papel de Amón, que estuvo presente en el combate y ayudó
al rey a conseguir la victoria:
Ramsés II dice: «Encontré a Amón cuando lo llamé... Me llama detrás de
mí, como si estuviéramos frente a frente». El propio Amón ayuda al
soberano, y le dice: «Estoy contigo, soy tu padre, mi mano está contigo».
Imagen de Ramsés II y su primogénito Amenherkhopsef (frente a
él), hijo de Nefertari, acompañados de Amenemopet (cuya imagen se
repite en la fila inferior). Museo Británico.
La larga vida de Ramsés II le permitió sobrevivir a los muchos
hijos que el monarca engendró con sus dos Grandes Esposas
Reales, Nefertari e Isis Nofret, y con un gran número de
mujeres, entre concubinas y princesas extranjeras, como la
princesa hitita Maathorneferure, hija del rey Hattusili III.
Finalmente fue su hijo Merneptah, habido con Isis Nofret,
quien logró sobrevivirle, aunque cuando sucedió a su padre en
el trono de Egipto ya contaba 60 años (una edad bastante
avanzada para la época).
Historia © 2025
Simon Ibarretxe
Ramsés II e Isis-
Nefert se casaron
muy jóvenes, antes
de que fuera asociado
al trono por su
padre, Sethi I.
Gran Esposa Real de
Ramsés III. Es una de
las reinas egipcias más
conocidas, entre
mujeres como Cleopatra,
Nefertiti y Hatshepsut.
Busto de Merneptah, el
hijo de Isetnofret que
sucedió a Ramsés II,
Museo Egipcio de El Cairo.
Decimo tercer hijo de
Ramsés II, fue el cuarto
faraón de la XIX Dinastía.
Gobernó Egipto durante
casi 10 años, desde 1213
hasta su muerte el 2 de
mayo de 1203. Fue el
primer faraón de origen
real desde Tutankamón, de
la XVIII Dinastía.